siete de la tarde
un celeste que se apaga
me ofrece las silueta de los árboles.
pájaros dormidos:
plumas y cabecitas
aguardan el calor de la mañana
adentro
lo blanco de la luz
se come el espejo con piedritas
me hace girar la cabeza.
qué viene ?
por qué voy ?
veo:
manito en nariz,
sonrisa perdurable que nunca se opacó !
no hay nubes,
los arboles siguen ahí,
yo sigo aquí
busco la silueta
yendo hacia el espejo
con la mano en la nariz.
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